Capítulo I

Ya en tiempos de Hadasa se menciona la existencia de los perfumes; pero existen documentos con muchísima más antigüedad que ya hablan de los aceites aromáticos, los perfumes y los perfumistas. Una vez nos refirió mi abuelo que en un viaje que realizó a Tánger se hizo amigo de un beduino, éste, un buen día le invitó a su Jaima y estando tomando un té, caliente, le comenzó a decir y a comentar que un antepasado suyo fue un hombre muy importante allá en Egipto, narraba la historia como si hubiese sido él, el propio autor; así me lo contó el beduino, ¡y, yo! Exclamó mi abuelo: —Haré lo mismo con vosotros.

Mi abuelo, comenzó diciendo: —Era yo, muy joven aún, cuando se despertó en mí un tremendo e incontrolable deseo por viajar y conocer otros lugares del mundo. En la plaza de Damasco; cuando los mercaderes, de especias aromáticas, hablaban de sus aventuras y hazañas, parecían que volvían nuevamente a vivirlas. Hablaban de sus viajes, del esplendor de las ciudades por las que pasaban hasta llegar a Egipto, el mayor imperio de aquella época, hablaban con tanto entusiasmo que me quedaba con la boca abierta escuchándolos.

Un día,  me llené de valor, y cuando llegué a casa le dije a mi padre: —Padre quiero viajar, ir con una de estas caravanas que recorren cientos de ciudades hasta llegar a Egipto, me gustaría conocer, que es lo que hay detrás de estas murallas.

Me quedé atónito con la respuesta de mi padre: —Me parece muy bien hijo, ojalá pudiera acompañarte, coge las ovejas que te pertenecen, por tus años de trabajo, y véndelas, acepta este poco dinero que tengo ahorrado, guárdalo bien, espero que nunca lo necesites, que cuando volvamos a encontrarnos, aún lo conserves, eso será señal de que todo te fue bien.

Salí corriendo a la plaza, vendí las ovejas, y pregunté al jefe de la caravana, que  estaba a punto de partir, si podía viajar con ellos: —Claro hombre, cuantos más seamos, más difícil será que nos asalten para robarnos.

¿Cuánto me cobráis por estos bultos que tengo que llevar? —Les pregunté. Con la venta de las ovejas había podido comprar cuatro fardos de quinientos siclos de Jazmín, (mi ciudad, Damasco, era conocida también, como la Ciudad del Jazmín) y había guardado algo de dinero, porque no quería gastar nada de aquello que mi padre, con tanto trabajo y esfuerzo había conseguido y que con tanto amor se había deshecho de ello para dármelo a mí.

Tras convenir el precio del transporte con el jefe de la caravana; cargamos la mercancía en uno de los camellos y emprendimos el viaje. Mi abuelo poniéndose en pie dijo: —Ahora niños, levantaos del suelo, tenéis que cenar e ir a dormir, mañana si queréis podéis volver y os contaré algo que pasó en el viaje que desde que me lo contó mi amigo el beduino jamás lo he podido olvidar y que estoy seguro que vosotros tampoco olvidaréis, pero eso sí venir un poco antes.

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